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Hace siete meses que Favian Lovo se hizo cargo del puesto de zumos Coco Guay, en el madrileño Mercado de Maravillas. La mayoría de clientes vienen de regiones tropicales donde la caña de azúcar forma parte de lo cotidiano, atraídos por un sabor familiar.

Mi padre me mandó una vez al colegio con una pequeña bolsa de plástico llena de caña de azúcar. Tenía unos siete años, pero recuerdo ese día con total claridad. La había cortado en cubitos, como si fueran terrones de azúcar, para que mis compañeros la probaran. A muchos les encantó y me pedían más hasta que no quedó nada. A otros les desconcertaba la idea de tener que masticarla para sacarle el jugo y luego escupir las fibras, que no se comen.

Mirando atrás, entiendo que era una de las formas que tenía mi padre de ayudarme a conectar con mi raíces indias y, al mismo tiempo, sentirme cómoda compartiéndolas con los demás. Siguió enviándome al colegio con comidas, dulces y especias de la India, cada una acompañada de una historia sobre sus sabores y sobre su gente.

Con el tiempo, esas historias fueron construyendo una geografía muy viva en mi imaginación: altos campos de caña de azúcar, vendedores ambulantes cargando haces de caña sobre tuk-tuks como si fueran andamios, llevándolos al mercadillo donde los prensaban hasta extraer todo su verde jugo, dejándolos completamente secos. Ya de adulta, llevé a mi padre de vuelta a la India por primera vez desde antes de que yo naciera y allí, en las calles de Mumbai, probé por primera vez el zumo de caña recién exprimido.

El zumo de caña fresco es una bebida muy popular en gran parte del cinturón tropical del mundo: desde el sur de Asia hasta el Caribe, las islas del Pacífico, América Latina y partes de África. Tras la expansión colonial europea, el azúcar se convirtió en una mercancía global y se establecieron grandes plantaciones en zonas subtropicales para abastecer la creciente demanda en Europa. Aunque muchos de esos países siguen siendo clave en la industria azucarera mundial, cuestiones como la desigualdad, las condiciones laborales o la propiedad de la tierra siguen sin abordarse lo suficiente.

Antes de que el colonialismo europeo convirtiera la caña de azúcar en un producto global, la planta y su jugo ya ocupaban un lugar importante en diversos sistemas de conocimiento tradicionales del sur de Asia. Hoy en día, el zumo de caña suele describirse en estudios nutricionales como una mezcla de hidratos de carbono, aminoácidos y compuestos vegetales —incluidos fitoquímicos con propiedades antioxidantes—, además de contener pequeñas cantidades de micronutrientes como la vitamina C o el ácido fólico (B9), aunque estos varían según el tipo y el proceso.

Dentro de la ayurveda, medicina desarrollada en el subcontinente indio hace más de dos mil años, al zumo de caña se le atribuyen propiedades reparadoras y terapéuticas, desde favorecer la digestión hasta aportar vitalidad general. Y su sabor es igual de complejo: dulce, pero con una nota fresca y vegetal, mucho más profunda que el azúcar refinado, casi como la miel o la melaza, pero más ligera. Suele acompañarse con un chorrito de limón o lima, que equilibra el dulzor y te invita a seguir bebiendo.

En la década que llevo viviendo en Madrid, nunca me había encontrado con zumo de caña recién exprimido hasta que, hace unas semanas, di con un pequeño puesto en el Mercado de Maravillas. Primero vi las cañas apiladas en el escaparate; luego, a Favian Lovo introduciendo lentamente los tallos en la máquina. Pedí mi primer vaso de zumo de caña en la ciudad y escuché su historia.

Favian es de Venezuela y salió del país cuando tenía 12 años con su familia. Desde entonces ha vivido como parte de una familia migrante que ha pasado por Venezuela, República Dominicana, México y Estados Unidos, hasta establecerse finalmente en Madrid en 2023. A lo largo de esos años, fueron reconstruyendo su vida en distintos países antes de asentarse de forma definitiva en España.

Hace solo siete meses se hizo cargo del puesto de zumos Coco Guay. “Al principio iba lento”, cuenta, “pero cuando empecé a moverlo en redes sociales, la gente empezó a venir y todo despegó”. Hoy, la mayoría de sus clientes vienen de regiones tropicales donde la caña de azúcar forma parte de lo cotidiano, atraídos por un sabor familiar. Y Favian, ahora también experimenta con cócteles a base de caña de azúcar, como un mojito con menta fresca y lima, y prepara batidos de coco espesos y deliciosos.

La historia de la caña de azúcar nos muestra cómo las culturas viajan con sus ingredientes, introduciendo constantemente nuevos sabores en nuevos lugares. Ese gesto de importación va más allá de la nostalgia culinaria: crea empleo, estabilidad y abre puertas a otras oportunidades. El pequeño negocio de Favian le permite sostener también su otra vocación: de día exprime caña; de noche es cantante, compositor y productor, con casi 100.000 seguidores en Instagram.

Un ingrediente que una vez llevé al colegio vuelve a aparecer ahora en mi vida, décadas después, en un mercado de Madrid, trayendo consigo ese mismo gesto de integración. Donde mi historia se cruza con la de Favian es en esto: la caña de azúcar no es solo un sabor que recuerda al hogar, sino una forma de construirlo. Lo que empezó como la suave insistencia de mi padre en que lo desconocido se comparte y se celebra, hoy se siente como parte de una historia mucho más grande que está tomando forma dentro del Mercado de Maravillas.

Vía: https://elpais-com.cdn.ampproject.org/v/s/elpais.com/gastronomia/2026-05-07/